TRILOGÍA DE EMBUSTES




Mateo

«La mentira más común es aquella

con la que un hombre se engaña a sí mismo».

(Friedrich Nietzsche)

 

—Date prisa, cielo, que hoy te toca a ti llevar a los niños y aún hay que despertarlos.

        Mi mujer acaba de salir de la ducha y camina descalza hacia el vestidor, dejando un reguero de gotas de agua sobre el suelo de parqué. Me quedo mirando las gotas, aún aturdido por la pesadilla de la que acabo de despertar.

        —Pero ¡muévete! ¡Espabila, Mateo, que vas a llegar tarde! —grita Esther—. ¿Te ocurre algo? —De pronto me mira preocupada.

        —Nada, solo un mal sueño —digo frotándome los ojos, y me incorporo de mala gana.

        —Pues no te preguntaré qué has soñado porque voy con el tiempo justo, pero espero que no tenga que ver con nuestra fiestecita de ayer —murmura, traviesa, guiñándome un ojo.

        Esther no nota mi risa evasiva y, ya vestida, taconea escaleras abajo hacia la cocina.

        Diez minutos más tarde estamos los cuatro desayunando. Como siempre, nuestra hija Claudia protesta por los cereales. Como siempre, su madre le promete que comprará. Como siempre, nuestro hijo Quique tira migas de pan a su hermana para chincharla, y ella hace pucheros, y Esther riñe al niño y… como siempre, yo los escucho sin escucharlos.

        —Por cierto, acuérdate de que hoy comienzan las extraescolares —dice mi mujer y toma el último sorbo de café ya de pie.

        El corazón me da un vuelco y por un momento temo que ella lo haya notado. Pero se oye un portazo en medio de la trifulca de mis hijos.

        En el coche, los niños están extrañamente callados, lo que me ayuda a regodearme en lo soñado mientras atravesamos el atasco mañanero. Porque el sueño es dulce y solo al final se convierte en pesadilla. Y merece la pena si puedo saborear la dulzura de antes.

        Pablo llena todos los rincones de mi sueño, es el protagonista absoluto. Nos encontramos en el aseo del polideportivo y, sin palabras, nos buscamos las bocas. Hay ansia en nuestros alientos. Luego llega lo demás, amor  prohibido, sabroso… Hasta que Esther entra en el baño y nos sorprende, y yo despierto de pura angustia.

        No fue exactamente así en junio. Sí comenzó en los baños, pero el encuentro fue fortuito, y estuvimos viéndonos en un hotel hasta que mi miedo a vivir fue más importante que nuestro amor.

        —Papá, no te olvides —Claudia me devuelve a la realidad con brusquedad— de que hoy empiezo esgrima. Pablo le dijo a mamá…

        Qué, qué le dijo a mamá. ¿Acaso que me ama? ¿Que deje de engañarse? ¿Que merezco ser feliz? ¿Qué le dijo Pablo a mamá, Claudia?

        —…Que me lleves la equipación, que el primer día ya empezaremos a tirar —termina mi hija y da un portazo que suena como un despertador en mi mente confusa.

        Algún día. Algún día…

Mariela

«Una mentira nunca puede deshacerse.

Ni siquiera la verdad es suficiente».

(Paul Auster)

 

—¿Me invitas a una copa, guapo?

        Coral tiene una voz tan estridente que, desde el escenario, Mariela puede oírla hablar con un cliente. Muy diferente de la que usa cuando duermen juntas y en susurros se hacen promesas, maquinando huidas. Con Coral se siente tan a gusto que a veces hasta olvida que son esclavas atrapadas en un mundo hostil.

        Ella no buscaba eso cuando vino a España desde su Paraguay natal. Allá dejó a su madre, Aurora, cuidando de lo más preciado: su hija Ára, cuyo nombre significa «día» en guaraní, y que nació, con el alba, para iluminar los días de quienes la quieren. La niña ha cumplido los cuatro años lejos de su madre.

        Mariela se crio en Bañado Sur, un barrio pobre de Asunción a orillas del río homónimo. En ese barrio viven a expensas de la crecida del río, que cada vez que ocurre destroza unas cuantas chabolas. Lo que más recuerda ella de su infancia allí son los pies siempre manchados de barro. Pero es un recuerdo agradable; la textura del lodo, el olor acre y dulce al mismo tiempo, son reminiscencias de una infancia que le gusta evocar para escapar del calvario en el que se encuentra.

        Aquella niñez de barro e inocencia, feliz aun en la pobreza, acabó abruptamente el día que su padre le puso las manos encima por primera vez. Tenía once años y sus pechos eran botoncitos tiernos, y dolieron. A ese dolor siguieron otros más fuertes e inolvidables, que se instalaron en su vida mucho tiempo después de que lograra huir.

        Su madre nunca se enteró de lo que ocurría mientras ella se deslomaba trabajando de sol a sol, y ella no se lo contará nunca. Por suerte, su primer violador ya no está vivo: murió en un accidente doméstico pocos años después de que ella se fuera de casa.

        Mariela volvió a casa de su madre durante un tiempo, cuando Ára tenía año y medio y el padre de la niña hacía meses que las había abandonado. Fue la mejor época de su vida, solo estaban ellas tres. Recuerda las noches, cenando sopa paraguaya a la luz de unas velas, y a Ára, con su cara luminosa, sorbiendo la sopa para que su abuela la recriminara en broma…

        Suena el móvil, que la sacude del buceo por el pasado. Es su madre. Sale furtivamente del garito y atiende la llamada.

        —¡Hola, mamá! ¿Cómo estás?

        —Bien, m’hijita, ¿y tú? ¿Cómo te tratan por allá?

        —Muy bien. Figúrate que mi jefe me va a ascender a encargada en el restaurante. Dice que está muy contento con mi trabajo.

        —¡Cómo me alegro, mi niña! Es lo que te digo siempre: para triunfar en esta vida hay que trabajar. Espera, que te pongo a tu hijita, que quiere hablar con su mamá…

        Y Mariela, con lágrimas en los ojos, la oye alejarse del auricular y llamar a su nieta a voces.

        Algún día. Algún día…

Casandra

«A veces pienso que se miente por incapacidad de pedir a gritos

que los demás te acepten como eres».

(Carmen Martín Gaite)

 

Hola, papá. Hace tiempo que no vengo, pero no te enfades. Sí, llevaba lo menos dos meses sin sentarme aquí contigo, los exámenes me han tenido ocupada. Te sentirías orgulloso: dos sobresalientes y cuatro notables. Y 1º de bachillerato no es fácil, ojo…

        Cómo me conoces. Te imagino saliendo de esa tumba, apoyando tu mano en mi hombro y diciéndome: «A mí no me engañas, Casita. Te ocurre algo. Vamos, cuéntaselo a papá». Sí, estoy llorando, ¡maldito seas por no poder salir de ese agujero, justo cuando más te necesito!

        Es lo que crees, lo de siempre: ¡No aguanto a mamá! ¡Y no me digas lo de tener paciencia, tú no sabes lo insoportable que está desde que te fuiste, ni siquiera la reconocerías! Está todo el rato encima de mí, vigilando, critica mis piercings, mi pelo azul, mis tatuajes… ¡Es que no la soporto! Que si voy de mal en peor, que si soy una rebelde… ¡Hasta me quiere llevar al psicólogo! Y, ay, no, por ahí no paso. Cuando te teníamos en casa, sabías mediar entre ella y yo, pero ahora, ¿cómo hacer que el agua y el aceite vuelvan a tolerarse?

        Además, tampoco estoy bien con mis amigas. Me están dando de lado. ¡No entiendo por qué! Yo solo le dije a Alicia que su novio se la estaba pegando… Vale, me lo inventé, pero estoy segura de que fue así, no hay más que verle la cara a ese chico. No es trigo limpio, y yo solo quería ayudar a mi amiga, alejarla de él…

        Ah, y le dije a Paula que Alicia va diciendo por ahí que no es virgen. ¡Es verdad, yo se lo escuché decir una vez! Desde luego, parece que tú tampoco me crees, papá. No lo entiendo…

        Vinieron todos a la fiesta que celebré el otro día por mi diecisiete cumpleaños. Pero mis amigas son unas falsas. Las oí cotillear sobre mí, decían que soy una mentirosa. ¡Pero si yo no miento nunca! Vale, reconozco que sí lo hice el día que un infarto te llevó de nuestro lado, pero cómo podía yo saber que te afectaría tanto lo que te dije, fueron tonterías de niña pequeña… Y quería librarme (y librarte) de mamá, que, te lo prometo, no es buena. Por eso me inventé eso de que te estaba engañando con el tío Ramón, y que iba a pedir el divorcio. ¡Si hubiera sabido que te entristecerías tanto que tu corazón se rompería…!

        ¡Papá, no soporto estar sin ti! De verdad, quiero irme contigo. Esta vida es una mierda. Si solo pudiera encontrar la valentía para…

        Algún día. Algún día…

       

 

 


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